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Libre opinión

El otro nombre del Perú

Jorge Bruce

El presidente Humala ha designado como el principal reto de su gobierno la erradicación de la exclusión social, hasta borrar esa expresión de nuestro vocabulario. Para eso se requeriría no uno sino varios regímenes que la combatieran día y noche.

No dudo de las buenas intenciones del flamante mandatario, ni estoy siendo suspicaz respecto de un proyecto inconsciente de reelección indefinida. Me parece una meta loable pero de largo plazo, la cual expresa los deseos mas no las posibilidades de los próximos cinco años.

La razón por la que es preferible ser realista respecto de este punto es que exclusión es, en buena cuenta, el otro nombre del Perú. Esta situación de facto no se modifica con programas asistenciales como Juntos (elocuente eufemismo), por muy necesarios que sean para no abandonar a los más vulnerables. Desde la reconstrucción del Estadio Nacional, del cual Arturo Goodman afirmó que no era para los incivilizados, cuyos palcos “exclusivos” han sido analizados por Víctor Vich, hasta la deplorable tesis del Perro del Hortelano, pasando por la política escandalosa del cholo barato y la tenaz pervivencia del racismo que asoma cada vez que se intensifican las tensiones en nuestras fisuras internas, vivimos en un sistema económico y social cuya esencia es la exclusión.

Es un desafío enorme. Pero hay cosas que se pueden hacer ya. Esto debido a que el gobierno saliente no ha hecho prácticamente nada para modificar ese pacto social implícito. Al priorizar la inversión privada y descuidar el gasto social en rubros esenciales como educación, salud o seguridad, las brechas se han ahondado. En poco tiempo se pueden mejorar algunas de estas omisiones vergonzosas. Lo complicado es que, para avanzar en serio, se requiere una potente reforma del Estado. Mientras tengamos una de las fuerzas policiales más corruptas e ineficientes del continente, la convivencia será un infierno, tal como lo demuestra el tránsito de nuestras ciudades, para poner un ejemplo que todos sufrimos.

En su blog La Brújula, Cynthia Sanborn señala con claridad la urgencia de una revolución educativa para luchar contra la discriminación. El fracaso de la educación bilingüe intercultural (2% de los escolares aymara, 5,9% de los quechua y 3,2% de los awajún logran desarrollar capacidades lectoras en su lengua originaria según Vásquez 2010) es otra prueba de esta maquinaria clasificatoria.

Uno de los lugares comunes más tenaces tanto de nuestros políticos como de nuestras conversaciones es que se debe priorizar la educación. ¿Existen sectores interesados en que esta situación no cambie? Pienso que sí. Es mucho más difícil y caro manipular y explotar a una masa crítica y preparada, que no se va a contentar con Cristos de poliéster y salarios miserables.

No pidamos la luna. Si al cabo de estos cinco años un conjunto significativo de jóvenes de cultura quechua, aymara o awajún ha accedido a una educación de calidad que les permita actuar y ser reconocidos como ciudadanos de pleno derecho, el Perú se habrá borrado parte de esa marca infame que no es un efecto colateral indeseable sino un signo histórico tan repudiable como la esclavitud.
Fecha: 31/07/2011
Fuente: www.larepublica.pe
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